Fue una de las pioneras en los inicios de la Facultad de Derecho. Sus clases de Derecho Romano y sus anécdotas se hicieron famosas y perduran en el recuerdo de sus exalumnos.
Por Luz Pacheco. 19 enero, 2026.
María del Rosario de la Fuente Hontañón, conocida por todos como “Charo”, nació en Santander (España). En 1978, quiso venir a vivir al Perú para colaborar en las iniciativas apostólicas de la Prelatura del Opus Dei en nuestro país. Un año antes, había obtenido la licenciatura en Derecho en la Universidad de Valladolid en España. Poco después de llegar, convalidó su título de abogado en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Destacó siempre en el estudio y la investigación y estaba convencida de la necesidad de una continua actualización para que su trabajo pudiera ser útil para los demás, en particular, para su labor docente. Por eso, se tituló en Educación por la Universidad de Piura, con mención en Historia y Ciencias Sociales; y obtuvo el Doctorado en Derecho Privado en la Universidad de Cantabria; y, hace un par de años, cuando ya sabía de su enfermedad, el Máster de Formación Permanente en Derecho Matrimonial y Procesal Canónico en la Universidad de Navarra.
Trabajó y vivió en tres ciudades del país: Lima, Chiclayo y Piura; en todas, hizo compatible su trabajo profesional con la dedicación a la formación de personas que frecuentaban los centros del Opus Dei y encontraron en su amistad, un impulso para mejorar en su vida cristiana.
Fue una de las pioneras en los inicios de la Facultad de Derecho en Campus Piura en la década de los 90. Sus clases de Derecho Romano y sus anécdotas se hicieron famosas y perduran en el recuerdo de sus exalumnos, aunque hayan pasado muchos años. Supo llevar con elegancia humana el calor piurano y el viento chiclayano, centrada en la misión que inspiraba su vida y que la hizo decidir vivir en nuestra patria: hacer presente, con su vida, que Dios nos llama a la santidad a través del cumplimiento de nuestros deberes ordinarios.
En el 2016 vino a vivir a Lima y se incorporó a la plana docente de la Facultad de Derecho de este campus. Destacó por su especialización en temas relacionados con el Derecho de Familia, tanto a nivel legal como constitucional.
Su dedicación al estudio era tan intensa como su interés por las personas: seguía con cariño todo lo relacionado con las personas que conocía. En las pocas horas que han pasado, desde que sus compañeros de trabajo de la universidad de ambos campus se enteraron de su fallecimiento, veo una constante en los mensajes del chat: la sorpresa por su muerte unida al convencimiento de que, desde el cielo, nos ayudará aún más a todos pues tenía a la UDEP muy en el centro de su corazón.

La fortaleza con la que vivió su enfermedad desde el 2025 ha sido un gran ejemplo para todos los que la conocíamos. Cuando le dieron el diagnóstico, a comienzos de ese año, hablé con ella, pensando en la dificultad que tendría en adelante para seguir un ritmo normal de trabajo. Sin embargo, con gran naturalidad y decisión, me respondió algo así: No quiero que mi vida gire alrededor de mi enfermedad. Soy una persona con una enfermedad y no una enfermedad con una persona……
Nunca habló de su enfermedad ni quiso que la vida en su casa girase en torno a ella. Llevó con gran fortaleza y naturalidad todas sus limitaciones, sonriendo y gastando bromas o comentando sucesos que pudieran interesar a los demás. Gozaba mucho con el éxito ajeno y lo difundía con auténtico orgullo por esas personas.
Cuando el año pasado supe de su viaje a Pamplona, para intentar otro tratamiento, le escribí deseándole que siguiera sin molestias y lograse recuperarse. Inmediatamente, me respondió agradecida y con optimismo, diciéndome que se acordaba de rezar, también por mi trabajo. Intercambiamos algunos mensajes más en este último mes y me respondía, siempre con tono positivo y agradecido, cuando le decía que la acompañábamos con nuestras oraciones desde el Perú.
El jueves 15 contestó mi último mensaje; y hoy, sábado 17, la Virgen, a la que tenía gran devoción, se la llevó. Se ha ido como ha vivido, sin hacer ruido ni llamar la atención, con naturalidad, siendo parte, también jurídicamente, de la Facultad de Derecho de la UDEP.
De todos los mensajes que he leído con motivo de su fallecimiento, elijo este, de un exalumno, que resume sus más de 25 años de trabajo en la UDEP: “Me quedan muchos buenos recuerdos con ella. Los últimos en las Olimpiadas de Campus Lima, donde alentamos a los equipos de jóvenes de Derecho. Ella destinó su vida a transformar la vida de tantos jóvenes juristas en el Perú”.








